©  Rafael Montoto Llera

 

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No cabe duda que todo el continente europeo comparte una cultura común basada en el cristianismo. De hecho, el símbolo que lo identifica desde mucho antes del cristianismo siempre ha sido la cruz que era usada por los antiguos celtas y en la actualidad por la Cruz Roja internacional. El Tratado de Maastricht constituyó la Unión Europea, estableciendo un gobierno que no sería elegido por sus ciudadanos. De hecho, el Consejo Europeo está compuesto por los Jefes de Estado o de Gobierno de los Estados miembros, y es quien nombra al presidente del Banco Central Europeo y a un grupo de comisarios (uno por cada país), que son el verdadero poder ejecutivo. Este Tratado organiza la Unión Europea según las líneas propuestas por Coudenhove-Kalergi y su movimiento paneuropeo, que se basan en la finalidad de establecer una sociedad multicultural, y para ello se planifican una serie de inmigraciones desde África y Asia. Asimismo, se fomenta el asentamiento de estos inmigrantes, no por compasión o por razones humanitarias, sino para someter Europa mediante la abolición de las naciones y con el fin de unificar políticamente el continente, aprovechando la división de los ciudadanos. Este plan conduce a la creación a largo plazo de un Estado mundial y, en consecuencia, a la tiranía del poder económico sobre toda la humanidad. Para cumplirlo, primero tuvieron que convencer a las iglesias cristianas para que estuviesen de acuerdo, ya que la mayoría de los extranjeros provendría de países musulmanes. Integrar a los recién llegados en la cultura cristiana es una tarea imposible que ni se intentó porque, por un lado, su propia religión es sumamente intolerable y, por el otro, la falta de principios religiosos en las últimas décadas perjudicó la fuerza persuasiva de la fe. Como es sabido, los inmigrantes no se integraron tampoco en el mercado laboral, sino que lo hicieron directamente en el sistema social europeo. La inmigración, que oficialmente nos iba a beneficiar, se convirtió en una ola de extranjeros que, lejos de asegurar las pensiones, las gastan. No refuerzan nuestra economía, sino que la debilitan, aprovechándose de las prestaciones sociales que no existen en su país, y no tienen intención de cotizar a nuestro sistema social. A esto se une el problema de que, en términos de rendimiento laboral, quienes se ven en la necesidad de abandonar su patria, rara vez son los que tienen la capacidad técnica necesaria para reemplazar a los obreros europeos que se jubilan. Además, la Unión Europea trata de integrarlos por la vía de concederles la nacionalidad y la equiparación a los ciudadanos europeos, olvidando que es el origen y las costumbres los que hacen al pueblo y no su pasaporte.
No cabe duda que todo el continente europeo comparte una cultura común basada en el cristianismo. De hecho, el símbolo que lo identifica desde mucho antes del cristianismo siempre ha sido la cruz que era usada por los antiguos celtas y en la actualidad por la Cruz Roja internacional. El Tratado de Maastricht constituyó la Unión Europea, estableciendo un gobierno que no sería elegido por sus ciudadanos. De hecho, el Consejo Europeo está compuesto por los Jefes de Estado o de Gobierno de los Estados miembros, y es quien nombra al presidente del Banco Central Europeo y a un grupo de comisarios (uno por cada país), que son el verdadero poder ejecutivo. Este Tratado organiza la Unión Europea según las líneas propuestas por Coudenhove-Kalergi y su movimiento paneuropeo, que se basan en la finalidad de establecer una sociedad multicultural, y para ello se planifican una serie de inmigraciones desde África y Asia. Asimismo, se fomenta el asentamiento de estos inmigrantes, no por compasión o por razones humanitarias, sino para someter Europa mediante la abolición de las naciones y con el fin de unificar políticamente el continente, aprovechando la división de los ciudadanos. Este plan conduce a la creación a largo plazo de un Estado mundial y, en consecuencia, a la tiranía del poder económico sobre toda la humanidad. Para cumplirlo, primero tuvieron que convencer a las iglesias cristianas para que estuviesen de acuerdo, ya que la mayoría de los extranjeros provendría de países musulmanes. Integrar a los recién llegados en la cultura cristiana es una tarea imposible que ni se intentó porque, por un lado, su propia religión es sumamente intolerable y, por el otro, la falta de principios religiosos en las últimas décadas perjudicó la fuerza persuasiva de la fe. Como es sabido, los inmigrantes no se integraron tampoco en el mercado laboral, sino que lo hicieron directamente en el sistema social europeo. La inmigración, que oficialmente nos iba a beneficiar, se convirtió en una ola de extranjeros que, lejos de asegurar las pensiones, las gastan. No refuerzan nuestra economía, sino que la debilitan, aprovechándose de las prestaciones sociales que no existen en su país, y no tienen intención de cotizar a nuestro sistema social. A esto se une el problema de que, en términos de rendimiento laboral, quienes se ven en la necesidad de abandonar su patria, rara vez son los que tienen la capacidad técnica necesaria para reemplazar a los obreros europeos que se jubilan. Además, la Unión Europea trata de integrarlos por la vía de concederles la nacionalidad y la equiparación a los ciudadanos europeos, olvidando que es el origen y las costumbres los que hacen al pueblo y no su pasaporte.