©  Rafael Montoto Llera

 

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Observamos que hay países como Argentina, Venezuela o Brasil, por mencionar tan solo a tres que no están en guerra ni lo han estado en la última década, cuyo suelo fértil y buen clima les permite una explotación ganadera sobredimensionada y una cosecha de trigo con grandes excedentes, además de contar con importantes recursos naturales, entre los que destaca el petróleo. Sin embargo, sus pueblos pasan hambre porque no tienen medios para comprarse comida. Podría pensarse que es debido al carácter indolente de sus indígenas porque sabemos que hay diferencias de productividad entre los distintos pueblos, pero no es cierto porque en Sudamérica están representadas todas las etnias: al lado de descendientes de indios y africanos encontramos a los nietos de españoles, portugueses e italianos y ninguno de estos grupos está a salvo de la catástrofe económica que sufren las personas en un suelo rico y paradisíaco. Son pueblos que están esclavizados por las deudas que otros les han impuesto y por una política de paridad monetaria con la que sus dirigentes se aseguraron un beneficio económico personal. Resulta que este tipo de capitalismo es como el apicultor, mientras que los ciudadanos son las abejas: roban la miel a sus víctimas y les dan agua con azúcar. Veamos, por el contrario, el ejemplo chino, con su moneda independiente y su crecimiento del 10% anual que amenaza el monopolio del Banco Mundial, el Banco de Pagos Internacional, el Fondo Monetario Internacional y hasta el de la propia Reserva Federal americana. Para conseguirlo, hace un cuarto de siglo que comenzaron privatizando la agricultura y el comercio, que pasaron a manos de empresas familiares de tamaño medio, mientras que se permitía a los ciudadanos chinos invertir su dinero en la gran industria estatal siempre que la mano de obra estuviera garantizada. La conclusión es que, si un Estado no quiere perder su libertad, no debe depender de la economía de otros pueblos ni de su codicia territorial. Necesita una economía propia para poder ejercer su función protectora, y solamente un pueblo que pueda decidir acerca de su economía permanecerá siendo demócrata y libre. Sin embargo, vivimos en una época en que el poder económico ha pasado de estar en manos de los ciudadanos que componen el pueblo a degenerar en una economía global. El resultado es que los ciudadanos necesitan que el poder económico les permita trabajar, siendo el trabajo más antiguo que el dinero y la usura. Ya en la Edad de Piedra, el ser humano podía trabajar cuanto le apetecía sin deber nada a nadie. El sistema seguido por el poder monetario es siempre el mismo: comienza por apoderarse de los medios de comunicación, que son el cuarto poder reconocido del Estado y que son los que generan las opiniones populares, para continuar con el monopolio de la emisión de dinero, que se eleva, así, de servidor a dominador de las naciones. Siguen con la imposición de sus medidas de democratización, que consisten en excluir partes de la población, partidos o funcionarios de la vida política, mientras se ejerce la fuerza de la prensa para reprimir la libre opinión de los ciudadanos. Se inventan los partidos políticos para destruir la democracia bajo la falacia de defenderla. Finalmente, se elige a marionetas para designarles como líderes políticos manipulables. Así, el pueblo es fragmentado en izquierda y derecha, nacionales y extranjeros, ricos y pobres, hombres y mujeres, todo ello combinado con el elogio al aborto, la píldora anticonceptiva, el derecho a la promiscuidad, la ideología de género, las familias monoparentales y la ancianidad solitaria. Una consecuencia necesaria para conseguir sus fines es la relajación en la enseñanza. Como certifica periódicamente el informe “Pisa”, que mide el rendimiento académico de los alumnos de 15 años en matemáticas, ciencia y lectura, el analfabetismo funcional aumenta permanentemente en todo el mundo. Es el clásico “divide y vencerás” que, con sus manipulaciones, consigue que sea el capital quien decida si podemos trabajar o no. Como, para obtener beneficios, precisan que la cantidad de dinero en circulación sea limitada, resulta que mucha gente se muere de hambre sobre un terreno rico porque la acumulación monetaria les impide trabajar. Resulta una manipulación porque el dinero de verdad representa la riqueza generada por el trabajo, mientras que los Bancos Centrales emiten moneda que no está respaldada por ningún tipo de riqueza y que pone a disposición del poder económico. Por eso, la población argentina, venezolana o brasileña pasa hambre sobre los campos más ricos del mundo. Porque su país depende de la dominación del dinero de los bancos, de la industria petrolera o del tráfico de drogas. Y todo ello se consiente gracias a la falsa publicidad de una prensa corrompible y una opinión creada, así como la intervención de los servicios secretos de algunos países extranjeros, unido al poder monetario de algunas organizaciones empresariales. De esta forma el pueblo termina cediendo su soberanía al Estado o, lo que es lo mismo, a los oligopolios empresariales, porque los legisladores terminan por votar leyes en beneficio del poder económico, hasta el punto de que se llega a asumir que la corrupción es un problema estructural y que debemos acostumbrarnos a vivir con ella. Sin embargo, ocurre que cuando un sistema se corrompe, los más corruptos son los que ocupan el poder, y cuando queramos cambiarlos nos encontraremos con más de lo mismo, porque el problema no son las personas, sino que es una crisis de las instituciones. Y el sistema deja de servir porque se ha olvidado de que la base de la democracia es la división de poderes, que permita a cada uno de ellos servir como contrapeso y control de los otros dos. Actualmente, a los tres poderes reconocidos (ejecutivo, legislativo y judicial) se han sumado, sin permiso del pueblo, otros dos: los medios de comunicación (el cuarto poder) y el poder económico (el quinto poder). Con dinero se compran medios de comunicación, legisladores, jueces, funcionarios, sindicalistas y políticos. Y, en contrapartida al dinero que se recibe, se aprueban leyes, se instrumentan medidas ejecutivas y se manipula la opinión de los ciudadanos en beneficio del que paga.
Observamos que hay países como Argentina, Venezuela o Brasil, por mencionar tan solo a tres que no están en guerra ni lo han estado en la última década, cuyo suelo fértil y buen clima les permite una explotación ganadera sobredimensionada y una cosecha de trigo con grandes excedentes, además de contar con importantes recursos naturales, entre los que destaca el petróleo. Sin embargo, sus pueblos pasan hambre porque no tienen medios para comprarse comida. Podría pensarse que es debido al carácter indolente de sus indígenas porque sabemos que hay diferencias de productividad entre los distintos pueblos, pero no es cierto porque en Sudamérica están representadas todas las etnias: al lado de descendientes de indios y africanos encontramos a los nietos de españoles, portugueses e italianos y ninguno de estos grupos está a salvo de la catástrofe económica que sufren las personas en un suelo rico y paradisíaco. Son pueblos que están esclavizados por las deudas que otros les han impuesto y por una política de paridad monetaria con la que sus dirigentes se aseguraron un beneficio económico personal. Resulta que este tipo de capitalismo es como el apicultor, mientras que los ciudadanos son las abejas: roban la miel a sus víctimas y les dan agua con azúcar. Veamos, por el contrario, el ejemplo chino, con su moneda independiente y su crecimiento del 10% anual que amenaza el monopolio del Banco Mundial, el Banco de Pagos Internacional, el Fondo Monetario Internacional y hasta el de la propia Reserva Federal americana. Para conseguirlo, hace un cuarto de siglo que comenzaron privatizando la agricultura y el comercio, que pasaron a manos de empresas familiares de tamaño medio, mientras que se permitía a los ciudadanos chinos invertir su dinero en la gran industria estatal siempre que la mano de obra estuviera garantizada. La conclusión es que, si un Estado no quiere perder su libertad, no debe depender de la economía de otros pueblos ni de su codicia territorial. Necesita una economía propia para poder ejercer su función protectora, y solamente un pueblo que pueda decidir acerca de su economía permanecerá siendo demócrata y libre. Sin embargo, vivimos en una época en que el poder económico ha pasado de estar en manos de los ciudadanos que componen el pueblo a degenerar en una economía global. El resultado es que los ciudadanos necesitan que el poder económico les permita trabajar, siendo el trabajo más antiguo que el dinero y la usura. Ya en la Edad de Piedra, el ser humano podía trabajar cuanto le apetecía sin deber nada a nadie. El sistema seguido por el poder monetario es siempre el mismo: comienza por apoderarse de los medios de comunicación, que son el cuarto poder reconocido del Estado y que son los que generan las opiniones populares, para continuar con el monopolio de la emisión de dinero, que se eleva, así, de servidor a dominador de las naciones. Siguen con la imposición de sus medidas de democratización, que consisten en excluir partes de la población, partidos o funcionarios de la vida política, mientras se ejerce la fuerza de la prensa para reprimir la libre opinión de los ciudadanos. Se inventan los partidos políticos para destruir la democracia bajo la falacia de defenderla. Finalmente, se elige a marionetas para designarles como líderes políticos manipulables. Así, el pueblo es fragmentado en izquierda y derecha, nacionales y extranjeros, ricos y pobres, hombres y mujeres, todo ello combinado con el elogio al aborto, la píldora anticonceptiva, el derecho a la promiscuidad, la ideología de género, las familias monoparentales y la ancianidad solitaria. Una consecuencia necesaria para conseguir sus fines es la relajación en la enseñanza. Como certifica periódicamente el informe “Pisa”, que mide el rendimiento académico de los alumnos de 15 años en matemáticas, ciencia y lectura, el analfabetismo funcional aumenta permanentemente en todo el mundo. Es el clásico “divide y vencerás” que, con sus manipulaciones, consigue que sea el capital quien decida si podemos trabajar o no. Como, para obtener beneficios, precisan que la cantidad de dinero en circulación sea limitada, resulta que mucha gente se muere de hambre sobre un terreno rico porque la acumulación monetaria les impide trabajar. Resulta una manipulación porque el dinero de verdad representa la riqueza generada por el trabajo, mientras que los Bancos Centrales emiten moneda que no está respaldada por ningún tipo de riqueza y que pone a disposición del poder económico. Por eso, la población argentina, venezolana o brasileña pasa hambre sobre los campos más ricos del mundo. Porque su país depende de la dominación del dinero de los bancos, de la industria petrolera o del tráfico de drogas. Y todo ello se consiente gracias a la falsa publicidad de una prensa corrompible y una opinión creada, así como la intervención de los servicios secretos de algunos países extranjeros, unido al poder monetario de algunas organizaciones empresariales. De esta forma el pueblo termina cediendo su soberanía al Estado o, lo que es lo mismo, a los oligopolios empresariales, porque los legisladores terminan por votar leyes en beneficio del poder económico, hasta el punto de que se llega a asumir que la corrupción es un problema estructural y que debemos acostumbrarnos a vivir con ella. Sin embargo, ocurre que cuando un sistema se corrompe, los más corruptos son los que ocupan el poder, y cuando queramos cambiarlos nos encontraremos con más de lo mismo, porque el problema no son las personas, sino que es una crisis de las instituciones. Y el sistema deja de servir porque se ha olvidado de que la base de la democracia es la división de poderes, que permita a cada uno de ellos servir como contrapeso y control de los otros dos. Actualmente, a los tres poderes reconocidos (ejecutivo, legislativo y judicial) se han sumado, sin permiso del pueblo, otros dos: los medios de comunicación (el cuarto poder) y el poder económico (el quinto poder). Con dinero se compran medios de comunicación, legisladores, jueces, funcionarios, sindicalistas y políticos. Y, en contrapartida al dinero que se recibe, se aprueban leyes, se instrumentan medidas ejecutivas y se manipula la opinión de los ciudadanos en beneficio del que paga.