©  Rafael Montoto Llera

 

Derechos reservados

Ni el Ejecutivo ni el Legislativo son fruto de la elección democrática del pueblo, ya que éste no elige a personas, sino que se limita a escoger una lista entre las confeccionadas por los partidos políticos. Es como si en un restaurante nos ofrecen una carta con distintos platos, todos ellos asquerosos, y terminamos por comernos el menos repugnante solo porque tenemos hambre. Es, evidentemente, una elección manipulada porque alguien decidió primero la composición de la carta. Si los partidos políticos confeccionaran sus listas electorales de forma democrática, la ciudadanía podría elegir a quienes considerase la mejor opción dentro de cada lista electoral. La base del problema se encuentra en el funcionamiento poco democrático de los partidos y las dificultades de participación para confeccionar las listas electorales. Mucha gente honesta ha tratado de modificar esta situación desde dentro, integrándose en algún partido, pero han tenido que desistir porque el carácter jerárquico de los mismos lleva a que los corruptos tengan el camino libre para ser los candidatos que se incorporan en las listas electorales. En realidad, el poder económico ha comenzado su labor de corrupción mucho antes de las elecciones, con el objeto de favorecer el acceso de los corruptos y evitar el de las personas decentes, a las que procurarán comprar, aislar o difamar para que no tengan opciones de ascender en la jerarquía del partido. Si no lo consiguen, sencillamente no habrá dinero para las campañas electorales. El resultado inevitable es que la permanente acumulación de riqueza por parte del poder económico ocasiona un creciente empobrecimiento de los ciudadanos, con la destrucción de sus tradiciones y su cultura. Ante esta situación, mucha gente decide votar en blanco, no votar o emitir un voto nulo, pero con eso solo consiguen disminuir el número de votos válidos, porque los mismos de siempre se terminarán por repartir los cargos. Otros abogan por una revolución o un golpe de Estado, lo que nos llevaría nuevamente a la casilla de salida. Ciertamente, los partidos políticos son necesarios, pero solo en el sentido de “tomar partido”, de decidirse por algo en concreto, apoyando a un hombre o un proyecto determinado. El protagonismo que han adquirido es muy peligroso porque el poder no se puede ganar o perder, y debería surgir únicamente del pueblo y ser otorgado temporalmente a una persona. Contra la falta de democracia solo se puede utilizar un arma: más democracia y métodos no violentos. Lo mejor que se puede hacer en su defensa es edificar un nuevo Estado nacional, con sus leyes y su economía partiendo de la voluntad popular y no de la dominación de potencias extranjeras. Si así lo exigimos, es seguro que se cumplirán todas las metas que nos fijemos.
Ni el Ejecutivo ni el Legislativo son fruto de la elección democrática del pueblo, ya que éste no elige a personas, sino que se limita a escoger una lista entre las confeccionadas por los partidos políticos. Es como si en un restaurante nos ofrecen una carta con distintos platos, todos ellos asquerosos, y terminamos por comernos el menos repugnante solo porque tenemos hambre. Es, evidentemente, una elección manipulada porque alguien decidió primero la composición de la carta. Si los partidos políticos confeccionaran sus listas electorales de forma democrática, la ciudadanía podría elegir a quienes considerase la mejor opción dentro de cada lista electoral. La base del problema se encuentra en el funcionamiento poco democrático de los partidos y las dificultades de participación para confeccionar las listas electorales. Mucha gente honesta ha tratado de modificar esta situación desde dentro, integrándose en algún partido, pero han tenido que desistir porque el carácter jerárquico de los mismos lleva a que los corruptos tengan el camino libre para ser los candidatos que se incorporan en las listas electorales. En realidad, el poder económico ha comenzado su labor de corrupción mucho antes de las elecciones, con el objeto de favorecer el acceso de los corruptos y evitar el de las personas decentes, a las que procurarán comprar, aislar o difamar para que no tengan opciones de ascender en la jerarquía del partido. Si no lo consiguen, sencillamente no habrá dinero para las campañas electorales. El resultado inevitable es que la permanente acumulación de riqueza por parte del poder económico ocasiona un creciente empobrecimiento de los ciudadanos, con la destrucción de sus tradiciones y su cultura. Ante esta situación, mucha gente decide votar en blanco, no votar o emitir un voto nulo, pero con eso solo consiguen disminuir el número de votos válidos, porque los mismos de siempre se terminarán por repartir los cargos. Otros abogan por una revolución o un golpe de Estado, lo que nos llevaría nuevamente a la casilla de salida. Ciertamente, los partidos políticos son necesarios, pero solo en el sentido de “tomar partido”, de decidirse por algo en concreto, apoyando a un hombre o un proyecto determinado. El protagonismo que han adquirido es muy peligroso porque el poder no se puede ganar o perder, y debería surgir únicamente del pueblo y ser otorgado temporalmente a una persona. Contra la falta de democracia solo se puede utilizar un arma: más democracia y métodos no violentos. Lo mejor que se puede hacer en su defensa es edificar un nuevo Estado nacional, con sus leyes y su economía partiendo de la voluntad popular y no de la dominación de potencias extranjeras. Si así lo exigimos, es seguro que se cumplirán todas las metas que nos fijemos.